martes, 10 de septiembre de 2024

El rostro humano de la innovación: Michael Jackson 

La innovación supone un cambio y un avance en la mayor perfección de lo innovado: es la creación de un arquetipo. Hay innovaciones que facilitan el conocimiento, la comprensión y el gusto por cierta música y sus autores e intérpretes. Innovación que dispara la industrialización y comercialización de la mercancía, entendida como un bien cultural en su siempre doble aspecto de contenido y envoltorio. 

El video clip, es decir el corto musical creado como promoción de un disco o cederrón valiéndose para su producción de las técnicas propias de la cinematografía es una auténtica novedad, una innovación dentro no sólo de la industria discográfica de numerosos grupos, sino televisivas y, últimamente, de la Internet. 

El primer corto musical creado como promoción de un disco fue Bohemian Rapsody de Queen, realizado en 1975 por Bruce Gowers, y en el que colaboró Freddie Mercury, aunque este camino lo habían iniciado ya los Beatles en 1966 con un video clip para promocionar sus canciones Paperback Writer y Rain. Ahora, el primer corto musical propiamente dicho fue el realizado por el cantante Carlos Gardel, que en 1930 filmó una serie de cortos musicales. 

Sin embargo, el antes y el después de los video clip ha sido obra Michael Jackson, fallecido en 2009,  con su famoso Thriller, un largo video clip puramente cinematográfico dirigido por John Landis y estrenado en diciembre de 1983. 

La innovación de Thriller, consintió en crear un producto que fuera más allá de la mera promoción musical. Jackson quería crear historia y dar sentido visual a la música. Fruto de esa idea fue la producción de un cortometraje de 14 minutos basado en la mejor escuela del musical. Luego vendrían los video clip Smooth criminal (considerado como el mejor de toda la historia) y Bad. 

Nunca hasta hoy el panorama musical había tenido un artista más innovador en el desarrollo y producción de video clips: innovaciones visuales, argumentales, estilísticas, tecnológicas, coreográficas y musicales: fusión de soul o funk con música disco y luego con dance, o hard dance; soul o funk con hip hop, estilo denominado new jack swing (fusión del sonido soul clásico e hip hop). Jackson también practicó el rock and roll duro, mediante sus aportaciones al hard rock. 

Las innovaciones en el arte del baile no son menores, el más conocido y popular es el paso lunar (moonwalk), basado en la forma que los niños tienen de moverse en la calle. En el álbum Bad, Jackson introdujo la ya famosa simulación de la falta de gravedad en un paso de baile en la canción Smoth Criminal. Para ello diseño un calzado especial que facilitaba la extremada inclinación del bailarín hacía adelante. 

No directamente vinculado al espíritu innovador, pero sí esencial para alcanzar sus múltiples arquetipos en el baile, el concepto de los videos clip y en la interpretación vocal, hay que decir que Michael Jackson era un cantante que tenía un registro de voz muy poco común, abarcaba cuatro octavas, es decir los registros propios del barítono, el contratenor y el tenor, los tres. Además Jackson estaba dotado de oído absoluto, que es la escasísima habilidad que algunos artistas tienen de identificar una nota musical por su nombre sin necesidad de ayudarse de una nota de referencia (el La de 440 vibraciones por segundo que es la que se utiliza para la afinación de las masas orquestales, por ejemplo), y ser capaz al mismo tiempo de producir con exactitud una nota cantando sin ninguna referencia sonora, algo verdaderamente difícil y que sólo estaba al alcance de algunos músicos clásicos (Beethoven, Bach, Mozart…Sinatra) y directores de orquesta. 

Michael Jackson encarnaba el verdadero espíritu innovador: el pasado 29 de agosto hubiera cumplido 66 años). La innovación con rostro humano sin la que el baile urbano actual no hubiese sido posible, como tampoco los video clip de hoy día y tantas otras cosas más. La innovación no es sólo un concepto, un manual, una política; un programa, la innovación es ante todo la actitud de un espíritu decidido a cambiar su mundo valiéndose de los medios disponibles y a su alcance: técnicos, científicos, literarios, económicos… 



lunes, 2 de septiembre de 2024

MANERAS DE MIRAR A TRAVÉS DE UNA VENTANA

 Acaba agosto y siento nostalgia de la gente que ha dejado la playa donde a diario y siempre en el mismo punto llegaba se saludaban y entretenían charlando. Mientras los observaba, totalmente desnudas, como yo, reflexionaba sobre algo tan, quizá insignificantes como es la forma de mirar y ver. Entonces me vino inmediatamente a la memoria un corto texto que hacía referencia a esta reflexión. Era una hoja suelta, volandera, firmada por un tal John Nitran:

MANERAS DE MIRAR A TRAVÉS DE UNA VENTANA
Desde mi ventana podía ver el parque donde las hojas de los ficus movían el viento, y los niños correteaban. Vi mi imagen junto a ellos; imagen de tiempo pasado.

Asomado a la ventana vi como ahí abajo pasaba por delante de mí con su perro lentamente. Su figura se fue empequeñeciendo hasta doblar la esquina. Entonces sentí nostalgia, soledad, excitación...amor.

1,2,3... son aviones que veo cruzar el cielo desde mi ventana dejando una estela de sueños, esperanzas; vidas, imaginando un destino y un futuro.

Es de noche y a través de la ventana veo otras que se iluminas o se esconden. Es un baile silencioso de risas y juegos, llantos, muerte, sexo. Vecindad. Vacío.

Desde mi ventana veo otra ventana donde una mujer asomada hace pompitas de jabón y mueve al viento.

Hoy he mirado desde mi ventana el inmenso cielo incoloro y pensé en el mundo, en su gramática. Me encogí.

Desde mi ventana he mirado hacia dentro y sentí miedo, miedo por el desconocido que tenía junto a mí.

Miré por la ventana y vi al mirlo, familiar, el de siempre, el eterno, corretear por el tejado. Sentí vergüenza.
Desde mi ventana vi y sentí la brisa húmeda del mar, y cómo sus grandes olas dejaban espumarajos en la orilla, junto a la arena. Miré más allá, hasta el Helesponto, Troya (la guerra de todas las guerra), y entonces hasta mí llegó el lamento de Casandra, sobre este oleaje, camino de la muerte.

Desde mi venta vi una figura que pugnaba por saltar desde una terraza. Moví las manos, hice gestos, quise gritarle: ¡No, no, no! Entonces sentí que alguien me sujetaba por detrás.

Esta mañana vi desde mi ventana una cabina telefónica en la que había un niño acurrucado en el suelo, y me imagine al teléfono en silencio observando al niño dormido.

Delante de mi ventana veo un muro que se abre y un recuerdo: Nuevedemayo. Stutthof. El primero y el último campo de concentración. Abro la ventana y escucho esa voz: Frage nicht'ne Frages (No preguntes).
John Nitran
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martes, 27 de agosto de 2024

El precinto

 En mi recien ganada soledad, es un decir, he adquirido el hábito de releer. De releer porque en este tiempo, en este cuarto largo de siglo XXI no ha ocurrido nada literariamente que me haga abandonar la tumbona al sol o el baño diario en el mar. Así que releo. Pues bien, hace unos días cayó en mis manos un curioso texto, ya leído hace tiempo, titulado El Precinto, pero del que no me acordaba. Volví a reir con él, y me acorde de otro texto en el que su autora la emprendía contra una botella de lejía por sentirse incapaz de abrirla. La cosa termino a cuchilladas.

Este otro texto, El Precinto, esta basado, creo y entiendo, en hechos reales. Al menos su autor, del que no recuerdo su nombre, como tampoco el de la autora antes mencionada, así lo explicaba en alguna parte. En fin, aquí va el texto.
El precinto
Fue inútil. No pudo. Después de diez minutos de lucha denodada contra el precinto del envoltorio de galletas, no logró despegárselo de los dedos. No encontraba el modo de hacerlo: frotaba uno contra otro, el dedo índice y el pulgar, al tiempo que sacudía enérgicamente la mano. Nada. No hubo forma.
Aun así, él no quería renunciar a consumir esas galletas: en cuanto se mojaban en café o té caliente, se ablandaban de inmediato, no como otras que se resistían titánicamente a ello y, cuando quería acordar, ya había perdido el apetito o, por olvido negligente, se habían partido (por ablandamiento excesivo) y viajaban inexorablemente al fondo de la taza.
El precinto —estrecho y de color rojo— está a la altura de la tercera galleta. Cuando se abre el paquete, esas galletas quedan sueltas (como si dijésemos a la intemperie). Para evitar que rueden por ahí, lo mejor es comérselas, aunque para ello sea necesario vencer la inapetencia del momento. En mi caso, por ejemplo, y como ferviente consumidor de esas galletas, hago todo un ritual: antes de abrir el envoltorio, pongo agua a calentar, hago un té con una nube de leche, siempre desnatada, y echo cuatro pastillitas de sacarina; por último, me siento y, relajadamente, doy cuenta de ellas. Porque no sé si sabrán que, en caso de dejarlas fuera de su envase, rodando, en uno o dos días, pierden su natural lozanía y resultan incomestibles. Y ello supone un derroche inaceptable para una economía como la mía, no de subsistencia, pero en todo caso nada holgada.
No obstante, Goyo fue una persona nada dispuesta a luchar contra el precinto. La última vez que supe de él, su viuda me contó que la víspera de su muerte había salido a comprar varios encargos para ella, además de galletas.
Los hechos de su muerte, según me contó Clara, la viuda, sucedieron de modo inexplicable. Cuando Goyo llegó del súper, colocó la compra; después, cogió las galletas y, en lugar de abrir uno de los paquetes por el lado del precinto, lo hizo por la parte contraria. Comió unas cuentas untadas en mermelada de fresa, y parecía encontrarse bien, feliz, como si hubiese conseguido un triunfo, un éxito. Esa noche, murió por asfixia. Cuando, a la mañana siguiente, Clara lo llamó, lo hizo varias veces sin obtener respuesta, lo movió enérgicamente (zarandeó) y, al darle la vuelta, comprobó horrorizada que estaba muerto: miraba al cielo, con los ojos muy abiertos, como de sorpresa e incredulidad, y el color de su cara era violáceo.
Nadie se explicaba el suceso: Goyo era un hombre joven, fuerte y muy cordial. Al hacerle la autopsia, el médico forense encontró en su garganta el precinto de un envoltorio. Y, al día siguiente de estos hechos, Diana, la hija de Goyo, al abrir el aparador, vio las galletas desparramadas por la superficie; era como si alguien hubiese roto el envoltorio y se hubiera entretenido en esparcirlas intencionadamente. Habían perdido su natural lozanía y hubo que tirarlas.
Mientras escribo esta historia, por lo demás trágica, lo hago junto al precinto de un envoltorio de esas galletas. Está junto a mi ordenador desde hace más de un mes y, aún hoy, cuando lo toco, este se adhiere a mis dedos como si tuviera vida. Lo desprendo con mucho cuidado y suavidad valiéndome de la otra mano y vuelvo a dejarlo en el mismo lugar. No tengo intención alguna de hacer nada que pueda alterarlo: la vida es un regalo y nunca se la ama lo suficiente.

domingo, 25 de agosto de 2024

Manhattan, Mago de Oz y Caffe CINO

No suelo hablar de mí, ni de mi obra literaria, pero hoy haré una excepción. Y ello porque se celebra el ochenta y cinco aniversario del estreno de la película El Mago de Oz, y en mi novela Abril en Manhattan hay una relación, no directa pero si palpable para el lector atento e inteligente.

Varios son los lugares icónicos del mundo homosexual en el decenio de 1960 en Estados Unidos de Norteamérica, pero en mi caso me referiré únicamente a dos: el club Stonewall Inn y el Caffe Cino, ambos descritos en Abril en Manhattan.

Mi referencia al Stonewall Inn es de dos años antes (1967) de cuando comenzaron los disturbios que dieron lugar al movimiento de liberación homosexual, y el Caffe Cino, porque es un pequeño café-teatro precursor de lo que serían las salas de teatro vanguardistas; es decir lo que se dio en llamar Off-Off-Broadway, y que luego se extendieron por todo el país y Europa.

«El Stonewall Inn, en el 53 Christopher St, al oeste de Manhattan, propiedad de la familia Genovese, carecía de salidas de emergencia y de agua corriente, no tenía licencia para vender alcohol ni para baile…¡Un desastre!, pero mientras las autoridades hicieran la vista gorda, el local podría seguir hundiéndose en la mierda y dando alcohol robado y de pésima calidad a sus clientes en vasos sin lavar y al doble de precio que en otros clubes. Tenía dos salones de baile. Uno de ellos, el más próximo a la entrada y presidido por una gramola jukebox, estaba destinado a los homosexuales con pluma (sin huesos en las muñecas) y drag queen, y otro, más al fondo, para los homosexuales que no se manifiestan como tales».

Pero pasemos al Caffe Cinio, en el 31 de Cornelia Street. Un pequeño teatro donde se daban cita vanguardias artísticas fundamentalmente homosexuales, pero no sólo. También lo frecuentaban artistas bohemios, hippies, Beatnik...

Cuando Joe Cino murió, el fundador del café, se hicieron cargo de él algunos de sus más cercanos amigos, entre ellos el dramaturgo Wilson. Lanford.

«El Cino era un local de difícil localización en el Greenwich Village. Se podía pasar de largo sin darse uno cuenta y posteriormente verse en la necesidad de volver sobre sus pasos.

La fachada era pequeña y la entrada al local estrecha, remetida y angosta, flanqueada por dos jambas de madera decorativas y un dintel sobe el que podía verse una máquina de aíre acondicionado. Al entrar era preciso superar un escalón en el cual era muy fácil tropezar por falta de iluminación e irse al suelo, o en el mejor de los casos dejar una señal indeleble en la puntera de uno de los zapatos después de un formidable tropezón, y una mano auxiliadora.

El local estrecho y alargado resultaba claustrofóbico. Las mesas eran redondas de pata central con soporte cuadrado, muy desequilibradas y desequilibrantes, y las sillas, de multitud de estilos y procedencias. Las mesas se encontraban situadas a ambos lados de la sala para dejar en medio un pasillo por el cual circular. En un punto indeterminado había una especie de escenario diminuto».

Un gran número de obras teatrales de Lanford Wilson, fueron estrenado aquí, en el Cino, como es la que me trae aquí. Me refiero a su conocida y casi primeriza obra: La locura de lady bright.

«Nunca hasta ese momento me había encontrado con nada semejante en literatura: el monólogo de Leslie Bright, una anciana drag quin. Un monólogo, creo recordar, donde la venerable anciana relataba los delirios de su vida Todo ello en una habitación de la ciudad de Nueva York en pleno estío. De modo que poco a poco, página a página, el lector se va adentrando en la locura de lady bright. Me pareció sensacional, sinceramente.

Lady bright soñaba en su locura con uno de los ídolos femeninos de la época, Judy Garland, protagonista de Ha nacido una estrella, y sobre todo de El Mago de Oz».

La Garland es todo un símbolo para el mundo homosexual. Su canción Sobre el arco Iris, fue precursora de la famosa bandera mundialmente conocida.

El Mago de Oz fue estrenada el 25 de agosto de 1939, hoy hace 85 años. Abril en Manhattan es mucho más que todo esto aquí contado y subrayado, pero quizá en otro momento cuente algo más de su trasfondo: eso que suele pasar desapercibido a los críticos, y más aún a los pseudocríticos.




viernes, 5 de enero de 2024

Las vidas pasadas nunca pasan

Hace unos días me dio por reflexionar acerca del pasado. En realidad de los intentos de traerlo al presente y rejuvenecerlo; darle sentido de nuevo: revivirlo. En tales circunstancias suele salir en tu socorro el cine. El afán propio, ese deseo irrenunciable y poderosos, te hace encontrar, sin saber muy bien cómo y de qué manera, aquello que ciertamente necesitas: el filme exacto que da vida a ese recuerdo.

Past Lives (Vidas pasadas) es una película en versión original bajo la dirección y guion de la surcoreana-canadiense Celine Song, e interpretada por Greta Lee, como Nora, y Teo Yoo, en el papel de Jung Hae Sung.

Nora y Jung Hae Sung, dos amigos de la infancia muy unidos, se ven separados cuando los padres de Nora deciden emigrar a Canadá. Y será doce años después cuando ambos se reencuentran gracias a Internet, a Facebook, pero sólo se cruzan mensajes y cortas videollamadas. Algunos años después logran encontrarse cuando él viaja a Nueva York, donde ahora vive ella, de vacaciones, aunque en realidad es para verla. Juntos reviven esa infancia y el momento presente del reencuentran, sabiendo cual será el final: la nueva y tal vez definitiva separación. Ambos tienen su vida hecha: Ella escritora y casada también con un escritor, y Jung Hae Sung soltero, con novia, pero en ese momento distanciados, y con un futuro incierto.

Aquella niña, rubia, de ojos intensamente azules y él tenían nueve años cuando jugaban y compartían sus vidas infantiles en una bonita localidad segoviana. Pero como en Vidas Pasadas, llegó la separación. En este caso fue la familia de él quien se traslado a la capital, a Madrid. Como si del eterno retorno se tratase, sesenta y tres años después, igual que en el filme, Facebook logro el milagro del reencuentro. Luego llegaría el largo, intenso y prolongado abrazo. ¡Cuántas historias comunes, sin saberlo, habían vivido a distancia! ¡Cuántos secretos, misterios, y sorpresas surgieron: una nueva vida dentro del tiempo, una especie de Hueco donde sin saberlo ambos existían.

Las vidas pasadas, en realidad no pasan nunca.


El rostro humano de la innovación: Michael Jackson 

La innovación supone un cambio y un avance en la mayor perfección de lo innovado: es la creación de un arquetipo. Hay innovaciones que facil...