No suelo hablar de mí, ni de mi obra literaria, pero hoy haré una excepción. Y ello porque se celebra el ochenta y cinco aniversario del estreno de la película El Mago de Oz, y en mi novela Abril en Manhattan hay una relación, no directa pero si palpable para el lector atento e inteligente.
Varios son los lugares icónicos del mundo homosexual en el decenio de 1960 en Estados Unidos de Norteamérica, pero en mi caso me referiré únicamente a dos: el club Stonewall Inn y el Caffe Cino, ambos descritos en Abril en Manhattan.
Mi referencia al Stonewall Inn es de dos años antes (1967) de cuando comenzaron los disturbios que dieron lugar al movimiento de liberación homosexual, y el Caffe Cino, porque es un pequeño café-teatro precursor de lo que serían las salas de teatro vanguardistas; es decir lo que se dio en llamar Off-Off-Broadway, y que luego se extendieron por todo el país y Europa.
«El Stonewall Inn, en el 53 Christopher St, al oeste de Manhattan, propiedad de la familia Genovese, carecía de salidas de emergencia y de agua corriente, no tenía licencia para vender alcohol ni para baile…¡Un desastre!, pero mientras las autoridades hicieran la vista gorda, el local podría seguir hundiéndose en la mierda y dando alcohol robado y de pésima calidad a sus clientes en vasos sin lavar y al doble de precio que en otros clubes. Tenía dos salones de baile. Uno de ellos, el más próximo a la entrada y presidido por una gramola jukebox, estaba destinado a los homosexuales con pluma (sin huesos en las muñecas) y drag queen, y otro, más al fondo, para los homosexuales que no se manifiestan como tales».
Pero pasemos al Caffe Cinio, en el 31 de Cornelia Street. Un pequeño teatro donde se daban cita vanguardias artísticas fundamentalmente homosexuales, pero no sólo. También lo frecuentaban artistas bohemios, hippies, Beatnik...
Cuando Joe Cino murió, el fundador del café, se hicieron cargo de él algunos de sus más cercanos amigos, entre ellos el dramaturgo Wilson. Lanford.
«El Cino era un local de difícil localización en el Greenwich Village. Se podía pasar de largo sin darse uno cuenta y posteriormente verse en la necesidad de volver sobre sus pasos.
La fachada era pequeña y la entrada al local estrecha, remetida y angosta, flanqueada por dos jambas de madera decorativas y un dintel sobe el que podía verse una máquina de aíre acondicionado. Al entrar era preciso superar un escalón en el cual era muy fácil tropezar por falta de iluminación e irse al suelo, o en el mejor de los casos dejar una señal indeleble en la puntera de uno de los zapatos después de un formidable tropezón, y una mano auxiliadora.
El local estrecho y alargado resultaba claustrofóbico. Las mesas eran redondas de pata central con soporte cuadrado, muy desequilibradas y desequilibrantes, y las sillas, de multitud de estilos y procedencias. Las mesas se encontraban situadas a ambos lados de la sala para dejar en medio un pasillo por el cual circular. En un punto indeterminado había una especie de escenario diminuto».
Un gran número de obras teatrales de Lanford Wilson, fueron estrenado aquí, en el Cino, como es la que me trae aquí. Me refiero a su conocida y casi primeriza obra: La locura de lady bright.
«Nunca hasta ese momento me había encontrado con nada semejante en literatura: el monólogo de Leslie Bright, una anciana drag quin. Un monólogo, creo recordar, donde la venerable anciana relataba los delirios de su vida Todo ello en una habitación de la ciudad de Nueva York en pleno estío. De modo que poco a poco, página a página, el lector se va adentrando en la locura de lady bright. Me pareció sensacional, sinceramente.
Lady bright soñaba en su locura con uno de los ídolos femeninos de la época, Judy Garland, protagonista de Ha nacido una estrella, y sobre todo de El Mago de Oz».
La Garland es todo un símbolo para el mundo homosexual. Su canción Sobre el arco Iris, fue precursora de la famosa bandera mundialmente conocida.
El Mago de Oz fue estrenada el 25 de agosto de 1939, hoy hace 85 años. Abril en Manhattan es mucho más que todo esto aquí contado y subrayado, pero quizá en otro momento cuente algo más de su trasfondo: eso que suele pasar desapercibido a los críticos, y más aún a los pseudocríticos.

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