martes, 27 de agosto de 2024

El precinto

 En mi recien ganada soledad, es un decir, he adquirido el hábito de releer. De releer porque en este tiempo, en este cuarto largo de siglo XXI no ha ocurrido nada literariamente que me haga abandonar la tumbona al sol o el baño diario en el mar. Así que releo. Pues bien, hace unos días cayó en mis manos un curioso texto, ya leído hace tiempo, titulado El Precinto, pero del que no me acordaba. Volví a reir con él, y me acorde de otro texto en el que su autora la emprendía contra una botella de lejía por sentirse incapaz de abrirla. La cosa termino a cuchilladas.

Este otro texto, El Precinto, esta basado, creo y entiendo, en hechos reales. Al menos su autor, del que no recuerdo su nombre, como tampoco el de la autora antes mencionada, así lo explicaba en alguna parte. En fin, aquí va el texto.
El precinto
Fue inútil. No pudo. Después de diez minutos de lucha denodada contra el precinto del envoltorio de galletas, no logró despegárselo de los dedos. No encontraba el modo de hacerlo: frotaba uno contra otro, el dedo índice y el pulgar, al tiempo que sacudía enérgicamente la mano. Nada. No hubo forma.
Aun así, él no quería renunciar a consumir esas galletas: en cuanto se mojaban en café o té caliente, se ablandaban de inmediato, no como otras que se resistían titánicamente a ello y, cuando quería acordar, ya había perdido el apetito o, por olvido negligente, se habían partido (por ablandamiento excesivo) y viajaban inexorablemente al fondo de la taza.
El precinto —estrecho y de color rojo— está a la altura de la tercera galleta. Cuando se abre el paquete, esas galletas quedan sueltas (como si dijésemos a la intemperie). Para evitar que rueden por ahí, lo mejor es comérselas, aunque para ello sea necesario vencer la inapetencia del momento. En mi caso, por ejemplo, y como ferviente consumidor de esas galletas, hago todo un ritual: antes de abrir el envoltorio, pongo agua a calentar, hago un té con una nube de leche, siempre desnatada, y echo cuatro pastillitas de sacarina; por último, me siento y, relajadamente, doy cuenta de ellas. Porque no sé si sabrán que, en caso de dejarlas fuera de su envase, rodando, en uno o dos días, pierden su natural lozanía y resultan incomestibles. Y ello supone un derroche inaceptable para una economía como la mía, no de subsistencia, pero en todo caso nada holgada.
No obstante, Goyo fue una persona nada dispuesta a luchar contra el precinto. La última vez que supe de él, su viuda me contó que la víspera de su muerte había salido a comprar varios encargos para ella, además de galletas.
Los hechos de su muerte, según me contó Clara, la viuda, sucedieron de modo inexplicable. Cuando Goyo llegó del súper, colocó la compra; después, cogió las galletas y, en lugar de abrir uno de los paquetes por el lado del precinto, lo hizo por la parte contraria. Comió unas cuentas untadas en mermelada de fresa, y parecía encontrarse bien, feliz, como si hubiese conseguido un triunfo, un éxito. Esa noche, murió por asfixia. Cuando, a la mañana siguiente, Clara lo llamó, lo hizo varias veces sin obtener respuesta, lo movió enérgicamente (zarandeó) y, al darle la vuelta, comprobó horrorizada que estaba muerto: miraba al cielo, con los ojos muy abiertos, como de sorpresa e incredulidad, y el color de su cara era violáceo.
Nadie se explicaba el suceso: Goyo era un hombre joven, fuerte y muy cordial. Al hacerle la autopsia, el médico forense encontró en su garganta el precinto de un envoltorio. Y, al día siguiente de estos hechos, Diana, la hija de Goyo, al abrir el aparador, vio las galletas desparramadas por la superficie; era como si alguien hubiese roto el envoltorio y se hubiera entretenido en esparcirlas intencionadamente. Habían perdido su natural lozanía y hubo que tirarlas.
Mientras escribo esta historia, por lo demás trágica, lo hago junto al precinto de un envoltorio de esas galletas. Está junto a mi ordenador desde hace más de un mes y, aún hoy, cuando lo toco, este se adhiere a mis dedos como si tuviera vida. Lo desprendo con mucho cuidado y suavidad valiéndome de la otra mano y vuelvo a dejarlo en el mismo lugar. No tengo intención alguna de hacer nada que pueda alterarlo: la vida es un regalo y nunca se la ama lo suficiente.

domingo, 25 de agosto de 2024

Manhattan, Mago de Oz y Caffe CINO

No suelo hablar de mí, ni de mi obra literaria, pero hoy haré una excepción. Y ello porque se celebra el ochenta y cinco aniversario del estreno de la película El Mago de Oz, y en mi novela Abril en Manhattan hay una relación, no directa pero si palpable para el lector atento e inteligente.

Varios son los lugares icónicos del mundo homosexual en el decenio de 1960 en Estados Unidos de Norteamérica, pero en mi caso me referiré únicamente a dos: el club Stonewall Inn y el Caffe Cino, ambos descritos en Abril en Manhattan.

Mi referencia al Stonewall Inn es de dos años antes (1967) de cuando comenzaron los disturbios que dieron lugar al movimiento de liberación homosexual, y el Caffe Cino, porque es un pequeño café-teatro precursor de lo que serían las salas de teatro vanguardistas; es decir lo que se dio en llamar Off-Off-Broadway, y que luego se extendieron por todo el país y Europa.

«El Stonewall Inn, en el 53 Christopher St, al oeste de Manhattan, propiedad de la familia Genovese, carecía de salidas de emergencia y de agua corriente, no tenía licencia para vender alcohol ni para baile…¡Un desastre!, pero mientras las autoridades hicieran la vista gorda, el local podría seguir hundiéndose en la mierda y dando alcohol robado y de pésima calidad a sus clientes en vasos sin lavar y al doble de precio que en otros clubes. Tenía dos salones de baile. Uno de ellos, el más próximo a la entrada y presidido por una gramola jukebox, estaba destinado a los homosexuales con pluma (sin huesos en las muñecas) y drag queen, y otro, más al fondo, para los homosexuales que no se manifiestan como tales».

Pero pasemos al Caffe Cinio, en el 31 de Cornelia Street. Un pequeño teatro donde se daban cita vanguardias artísticas fundamentalmente homosexuales, pero no sólo. También lo frecuentaban artistas bohemios, hippies, Beatnik...

Cuando Joe Cino murió, el fundador del café, se hicieron cargo de él algunos de sus más cercanos amigos, entre ellos el dramaturgo Wilson. Lanford.

«El Cino era un local de difícil localización en el Greenwich Village. Se podía pasar de largo sin darse uno cuenta y posteriormente verse en la necesidad de volver sobre sus pasos.

La fachada era pequeña y la entrada al local estrecha, remetida y angosta, flanqueada por dos jambas de madera decorativas y un dintel sobe el que podía verse una máquina de aíre acondicionado. Al entrar era preciso superar un escalón en el cual era muy fácil tropezar por falta de iluminación e irse al suelo, o en el mejor de los casos dejar una señal indeleble en la puntera de uno de los zapatos después de un formidable tropezón, y una mano auxiliadora.

El local estrecho y alargado resultaba claustrofóbico. Las mesas eran redondas de pata central con soporte cuadrado, muy desequilibradas y desequilibrantes, y las sillas, de multitud de estilos y procedencias. Las mesas se encontraban situadas a ambos lados de la sala para dejar en medio un pasillo por el cual circular. En un punto indeterminado había una especie de escenario diminuto».

Un gran número de obras teatrales de Lanford Wilson, fueron estrenado aquí, en el Cino, como es la que me trae aquí. Me refiero a su conocida y casi primeriza obra: La locura de lady bright.

«Nunca hasta ese momento me había encontrado con nada semejante en literatura: el monólogo de Leslie Bright, una anciana drag quin. Un monólogo, creo recordar, donde la venerable anciana relataba los delirios de su vida Todo ello en una habitación de la ciudad de Nueva York en pleno estío. De modo que poco a poco, página a página, el lector se va adentrando en la locura de lady bright. Me pareció sensacional, sinceramente.

Lady bright soñaba en su locura con uno de los ídolos femeninos de la época, Judy Garland, protagonista de Ha nacido una estrella, y sobre todo de El Mago de Oz».

La Garland es todo un símbolo para el mundo homosexual. Su canción Sobre el arco Iris, fue precursora de la famosa bandera mundialmente conocida.

El Mago de Oz fue estrenada el 25 de agosto de 1939, hoy hace 85 años. Abril en Manhattan es mucho más que todo esto aquí contado y subrayado, pero quizá en otro momento cuente algo más de su trasfondo: eso que suele pasar desapercibido a los críticos, y más aún a los pseudocríticos.




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